Acabamos de volver de viaje. Francia. El sur. Una gozada. Cuando hablamos de Francia, todo el mundo tiene una idea preconcebida sobre este país. En España pensamos que se levantan de la cama concentrando esfuerzos para fastidiar al turista y, si éste es español, lo harán con especial mala idea. En Sudamérica, creen que los franceses se ducharon una vez, en tiempos de los reyes godos y hasta hoy... en cualquier caso siempre cabe recordar aquello de "dime de qué presumes..." y ve a conocer el mundo para que tu cabeza se despeje de tonterías.
No obstante, el sur de Francia no es París, ni es Lyon, ni es demasiado moderno ni ha crecido sin orden ni concierto. Es más bien, Sevilla o Graz. Es el ambiente universitario en ciudades como Toulouse y relajación campestre en el resto. No hay prisa, no hay ruido, no hay estrés y a veces ni siquiera hay cobertura de teléfono porque la naturaleza es dueña y señora. Historia y cultura.
Ciudades medievales como Alby o Rodez. Pueblecillos como Figeac, Cahors o Millau; y minúsculas aldeillas olvidadas como Saint Géry o publicadas a los cuatro vientos como Sant Cirq Lapopi, Rocamadour y Conques. Todo ello gira en torno al turismo y pequeñas economías generalmente privadas. Pero el punto común es el turismo y esto hace que la apariencia del entorno sea acorde y llame tanto la atención. El suelo limpio, como corresponde a los países del primer mundo y ocurre siempre que salimos de España. Eso sí, papeleras por todas partes, que todo hay que decirlo.
La comida es espectacular, nada de platos súper elaborados y vacíos de sentido y contenido. Aquí se come como en el sur de casi todos los países: a lo bestia. Pato, foie-grase, queso y vino. Claro que hay muchas más cosas, incluso hamburguesas y comida rápida, pero eso es lo típico. Bueno y en Toulouse judías blancas, claro.
Sin embargo, lejos de los clichés turísticos que normalmente componen la identidad de una región cuando uno viene de fuera, lo que más sorprende es la educación de los franceses de esta región. Por una lado el idioma. Allí todo el mundo se esfuerza, unos hablan un buen español, otros lo hacen peor, el que no habla español, lo entiende y el que no lo entiende lo intenta y el que no es porque habla italiano o alemán. Porque prácticamente todo el mundo habla inglés. Eso llama la atención, sobre todo si se trata de pequeñas poblaciones con 500 habitantes.
Además, si se tiene oportunidad de conocer la región por carretera, me refiero a conduciendo uno mismo, es como retroceder en el tiempo a aquellos años en que la policía no se apostaba tras los matorrales, para "cazar como conejos" a los conductores y ponerles multas, ante la remota posibilidad de que se haya sobrepasado el límite de velocidad en un 0,2%. Allí la mayoría de las veces no hay límites. Y el límite suele superar con creces la velocidad a la que un conductor cuerdo circularía por ese tramo. Casi no hay ningún radar y los que hay se ven desde un avión, están indicados y señalizados... Nadie conduce de forma temeraria y cada uno es dueño y responsable de su seguridad, no es necesario gastar más dinero en tapizar el territorio con carteles que les amarguen el viaje recordando el número de víctimas que hubo el año anterior o increpando a que uno se ponga el cinturón... sabiendo que el cinturón es una medida discutible, es decir, no pone en peligro la vida de nadie (como el conducir ebrio) sino la del propio conductor y, en cualquier caso le corresponde a él decidir si lo utiliza o no, aunque paradójicamente, uno se lo pone no por seguridad, sino para tener la seguridad de que el policía escondido no te multará también por no llevarlo.
En Midi Pyrinees, todo el mundo se ocupa de su propia seguridad y conduce según sus posibilidades, incluso cuando aparece una moto en el horizonte, los coches se apartan amistosamente a la derecha para evitar colisiones y ceden el paso al que va más deprisa, incluso en los cruces. Es muy interesante su estilo de vida y todo lo que ofrecen al visitante. Si alguien está especialmente interesado, esa es la zona de los cátaros, todo medieval y realmente constituye un viaje en el tiempo que merece la pena hacer, al menos una vez.
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viernes, 5 de junio de 2009
martes, 28 de abril de 2009
Rescatar a la princesa
Durante este último fin de semana (del 24 al 26 de abril) se han celebrado en Oropesa, en Toledo, las X jornadas medievales. ¿Alguien ha estado? Es como un mercadillo medieval, pero a lo bestia. Se celebra en abril, pero hay que estar muy atento para saber exactamente qué fin de semana será. Y es que en este pueblo, la gente se pasa meses preparando la fiesta. No dejan nada a la suerte, cuidan todos los detalles y allí colabora hasta el último mono.
Representaciones teatrales, como el rescate de la princesa, que es un montaje muy cachondo, sobre la leyenda que se supone, da nombre al pueblo. Porque al raptar a la princesa, pidieron al rey un rescate por ella, en metálico. Y la subieron a una balanza para cobrar su peso en oro... de ahí viene el nombre: Oro-pesa. Luego hay otros como el de la peste, el Apocalipsis, la danza de la muerte... con personajes y hechos, más o menos históricos. Hacen pasacalles con músicos, bailarines, malabaristas, torneos a caballo, tiro con arco, recitado de romances, Cuentacuentos, teatro callejero, guiñol... lo que se os ocurra. Incluso hay talleres que te enseñan a elaborar las banderas y los estandartes con los que luego se decoran el castillo y el pueblo entero. Hasta las papeleras están decoradas ad hoc.
Toda la gente se viste de campesinos, princesas, odaliscas, moros, cruzados... es como sumergirse durante unos días en un cuento. Además, el pueblo se llena de puestos con todo tipo de artículos, también preparados como si fuera un verdadero mercado medieval... pero limpio. Los puestos son los típicos de los demás mercadillos, aunque en esta ocasión disfrazan el puesto, la mercancía y a los propios vendedores con un poco más de intención, de manera que parece que realmente estás comprando un quesito en el siglo XIII. De hecho, cuidan tanto el detalle, que las ensaladas no llevan ni tomate, ni maíz, ni patata... ya que aún no se conocían esos productos en la península.
Se puede comprar casi de todo, lo único que puede frenarnos mucho son los precios, porque desde que se inventó eso del comercio justo, las artesanía, los productos naturales y la denominación de origen... está claro que no se puede comprar nada. Yo creo que son productos normales que pagan un plus tan alto por llevar esa etiqueta, que por eso nos los venden a precio de oro. Quizá fueran reliquias medievales de verdad y por eso las vendían a esos precios. En cualquier caso un trocito de queso, no puede costar casi 30€ ni una ensaladera de madera 200€. Eso es exagerado, ¿verdad? Ni tanto que queme al santo, ni tanto que no lo alumbre... Por eso os recomiendo, que el año que viene, cuando vayáis, no sólo os disfracéis, sino que deis primero una vuelta para controlar lo que hay, antes de comprar y después, buscar bien las buenas ofertas, porque también las hay.
Representaciones teatrales, como el rescate de la princesa, que es un montaje muy cachondo, sobre la leyenda que se supone, da nombre al pueblo. Porque al raptar a la princesa, pidieron al rey un rescate por ella, en metálico. Y la subieron a una balanza para cobrar su peso en oro... de ahí viene el nombre: Oro-pesa. Luego hay otros como el de la peste, el Apocalipsis, la danza de la muerte... con personajes y hechos, más o menos históricos. Hacen pasacalles con músicos, bailarines, malabaristas, torneos a caballo, tiro con arco, recitado de romances, Cuentacuentos, teatro callejero, guiñol... lo que se os ocurra. Incluso hay talleres que te enseñan a elaborar las banderas y los estandartes con los que luego se decoran el castillo y el pueblo entero. Hasta las papeleras están decoradas ad hoc.
Toda la gente se viste de campesinos, princesas, odaliscas, moros, cruzados... es como sumergirse durante unos días en un cuento. Además, el pueblo se llena de puestos con todo tipo de artículos, también preparados como si fuera un verdadero mercado medieval... pero limpio. Los puestos son los típicos de los demás mercadillos, aunque en esta ocasión disfrazan el puesto, la mercancía y a los propios vendedores con un poco más de intención, de manera que parece que realmente estás comprando un quesito en el siglo XIII. De hecho, cuidan tanto el detalle, que las ensaladas no llevan ni tomate, ni maíz, ni patata... ya que aún no se conocían esos productos en la península.
Se puede comprar casi de todo, lo único que puede frenarnos mucho son los precios, porque desde que se inventó eso del comercio justo, las artesanía, los productos naturales y la denominación de origen... está claro que no se puede comprar nada. Yo creo que son productos normales que pagan un plus tan alto por llevar esa etiqueta, que por eso nos los venden a precio de oro. Quizá fueran reliquias medievales de verdad y por eso las vendían a esos precios. En cualquier caso un trocito de queso, no puede costar casi 30€ ni una ensaladera de madera 200€. Eso es exagerado, ¿verdad? Ni tanto que queme al santo, ni tanto que no lo alumbre... Por eso os recomiendo, que el año que viene, cuando vayáis, no sólo os disfracéis, sino que deis primero una vuelta para controlar lo que hay, antes de comprar y después, buscar bien las buenas ofertas, porque también las hay.
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