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martes, 14 de febrero de 2012

Bailando como una princesa


Viena siempre ha sido una ciudad llena de glamur. Cuando uno decide visitar esta ciudad, en un rincón de su cabecita viaja buscando el ambiente bohemio del que hace gala esta ciudad.
No me refiero a Sissi y toda esa falta leyenda rosa con la que carga la pobre, sino a los palacios dorados con cúpula verde, eso sí. A las cafeterías repletas de deliciosos dulces, de cafés calientes y licores con olor a cereza, me refiero a los míticos coches de caballos y al ritmo de vals… venga, seamos sinceros. A todos nos ha pasado ¿no es cierto?
Pues bien, hablemos de una posibilidad de disfrutar, por una noche, de esa sociedad barroca que tanto nos llama la atención. Se trata de los bailes del palacio. Porque en Viena, durante el año, se celebran nada menos que 450 bailes y galas en diferentes palacios y edificios de similar envergadura.
Bailes de todo tipo y para todos los gusto. Y sobre todo, para todos los bolsillos, porque codearse con la jet set de Viena no es fácil y mucho menos barato. Hay que prepararse a conciencia. Para empezar, el atuendo. Nada del traje de Nochevieja de hacer unos años y a tirar... los caballeros han de hacerse con un frac, un smoking, un jaqué o un uniforme que acredite un rango, zapatos brillantes y pajarita incluidos. Las damas, lo tenemos un poquito más fácil. Nos vale cualquier vestido de noche que nos llegue hasta los pies. Elegante, con algún bonito adorno, sin pasarse... aunque bueno, ya se sabe que en estos casos la gente no tiene medida y al final se convierte en un desfile de disfraces, porque no todo el mundo comprende que la elegancia no se compra ni se vende y algunas mujeres más parecen estar pagando una apuesta que luciendo un vestido bonito. Pero bueno, eso ya es problema de cada uno. Unos bonitos guantes de fiesta, de esos que van hasta los codos, un bolso pequeño y una estola o un chal exótico que nos guarnezca del frío. Todo ello con un buen perfume y un recogido simpático en el pelo. Las joyas brillantes, pero no demasiado llamativas y… seremos la sensación de la fiesta.
Luego hay que hacerse con una entrada. Por un precio que va desde los 45 hasta los 250€. Casi nada. Las entradas más caras son las de los salones más interesantes. Es decir, donde ocurren las cosas. En los salones más alejados de la fiesta, reina la tranquilidad, pero uno se lo pierde todo. Luego, allí, hay que acercarse al bar o los bufés, para comer y beber a gusto. Y aquí es importante advertir que el precio no es el de la calle para nada. Es caro. Muy caro, pero está claro que si te quieres beber un champagne en el palacio, codo con codo con alguna duquesa, hay que pagarlo.
Luego hay que tener alguna noción de baile, porque ir a un baile y no bailar es para que te fusilen. Hay una sala para el sempiterno vals y eso jugar en primera división, pero también salas de menor dificultad, como la disco. Suele haber salas de ruleta, en plan casino e incluso hay salas en las que se puede fumar. Es una absoluta gozada.
¿Os podéis imaginar lo que significa entrar con un vestido de gala en un sitio así? Subir por la escalera principal, sobre la alfombra roja, entre las miles de flores que adornan el lugar y formar parte de un baile así… es sentirse, aunque sólo sea por una noche, una absoluta princesa.

martes, 28 de abril de 2009

Rescatar a la princesa

Durante este último fin de semana (del 24 al 26 de abril) se han celebrado en Oropesa, en Toledo, las X jornadas medievales. ¿Alguien ha estado? Es como un mercadillo medieval, pero a lo bestia. Se celebra en abril, pero hay que estar muy atento para saber exactamente qué fin de semana será. Y es que en este pueblo, la gente se pasa meses preparando la fiesta. No dejan nada a la suerte, cuidan todos los detalles y allí colabora hasta el último mono.

Representaciones teatrales, como el rescate de la princesa, que es un montaje muy cachondo, sobre la leyenda que se supone, da nombre al pueblo. Porque al raptar a la princesa, pidieron al rey un rescate por ella, en metálico. Y la subieron a una balanza para cobrar su peso en oro... de ahí viene el nombre: Oro-pesa. Luego hay otros como el de la peste, el Apocalipsis, la danza de la muerte... con personajes y hechos, más o menos históricos. Hacen pasacalles con músicos, bailarines, malabaristas, torneos a caballo, tiro con arco, recitado de romances, Cuentacuentos, teatro callejero, guiñol... lo que se os ocurra. Incluso hay talleres que te enseñan a elaborar las banderas y los estandartes con los que luego se decoran el castillo y el pueblo entero. Hasta las papeleras están decoradas ad hoc.

Toda la gente se viste de campesinos, princesas, odaliscas, moros, cruzados... es como sumergirse durante unos días en un cuento. Además, el pueblo se llena de puestos con todo tipo de artículos, también preparados como si fuera un verdadero mercado medieval... pero limpio. Los puestos son los típicos de los demás mercadillos, aunque en esta ocasión disfrazan el puesto, la mercancía y a los propios vendedores con un poco más de intención, de manera que parece que realmente estás comprando un quesito en el siglo XIII. De hecho, cuidan tanto el detalle, que las ensaladas no llevan ni tomate, ni maíz, ni patata... ya que aún no se conocían esos productos en la península.

Se puede comprar casi de todo, lo único que puede frenarnos mucho son los precios, porque desde que se inventó eso del comercio justo, las artesanía, los productos naturales y la denominación de origen... está claro que no se puede comprar nada. Yo creo que son productos normales que pagan un plus tan alto por llevar esa etiqueta, que por eso nos los venden a precio de oro. Quizá fueran reliquias medievales de verdad y por eso las vendían a esos precios. En cualquier caso un trocito de queso, no puede costar casi 30€ ni una ensaladera de madera 200€. Eso es exagerado, ¿verdad? Ni tanto que queme al santo, ni tanto que no lo alumbre... Por eso os recomiendo, que el año que viene, cuando vayáis, no sólo os disfracéis, sino que deis primero una vuelta para controlar lo que hay, antes de comprar y después, buscar bien las buenas ofertas, porque también las hay.